Parafraseando ni más ni menos que a Alain Touraine, necesitamos nuevas respuestas que nos den cuenta de las transformaciones a las que asistimos todos los días en nuestra vida cotidiana. La tecnología en su revolución permanente nos propone una inmersión continua hacia terrenos inexplorados, enmarcados siempre dentro del espacio del goce individual y la satisfacción de deseos renovados de consumo. El deporte mass-mediatizado en este contexto, nos convoca a clases sociales y credos por igual a un espectáculo extraordinario: una competencia entre países. Qué es lo novedoso de la convocatoria en relación con años anteriores? Prácticamente ninguna, más allá de la popularización de los televisores de plasma y los home-teather que nos renuevan la sensación de espectáculo grande, al mejor estilo romano clásico. Sin embargo, el mayor atractivo del mundial reside en la ficción de la igualdad entre naciones. Ahí el tercer mundo se convierte en el primero (Ej. Brasil, Argentina) y las grandes potencias pueden ser equipos débiles o de mucha menor jerarquía (ej, Estados Unidos y Japón). Aquí en Alemania 2006, si Angola tiene suerte, puede pasar a un primer plano, con un pelotazo afortunado o un resbalón del contrario. En una palabra, la pasión futbolera se sustenta y potencia a través de una ficción que simultáneamente tiene la virtud de hacernos olvidar, aunque sea por un mes, de la devaluación planetaria del concepto de Nación en un mundo globalizado y de las desigualdades subyacentes. Sin embargo, lo que me interesa rescatar aquí es una obviedad, que por ser tan obvia a veces pasa un tanto inadvertida: el fútbol es un deporte típicamente masculino. Somos los hombres los que lo jugamos, amamos, nos caracterizamos y luchamos en nuestro mundo de control remoto por mantener el canal señalado a la hora señalada. Y aunque nunca fue tan difícil esquivar el bulto como en estos días (no existe aire que no transmita fútbol), es por esto mismo que se han radicalizado las tendencias femeninas de hacer de cuenta que nada está pasando, que lo que sucede nunca ocurrió. Son numerosos los relatos de pedidos de remises mientras juega Argentina, o llamados para pedir turno en la peluquería mientras Cambiasso metía el segundo gol contra los Serbios, y hasta llamados a la policía por ruidos molestos cuando Messi se estaba preparando para entrar en el segundo tiempo. Lo que ocurre es que precisamente, nuestra masculinidad está a tope, viva, más viva que nunca. A contramano de los planteos de Touraine, Bourdie y otros, en este mundo de mujeres nosotros somos los reyes, aunque en el contexto local, de a ratos sintonicemos “mujeres asesinas” en nuestros flamantes televisores de plasma o de 14 pulgadas, para darles el gusto a las señoritas aunque sea por un rato. Hoy más que nunca, nos juntamos en el obelisco a festejar el triunfo frente a Holanda con un: No!, querida, ahora no puedo.