Todos sabemos de donde emana el poder que ejerce un gobierno democrático: del pueblo que lo vota. Sabemos también de donde emana el poder que ejerce los consejos de administración de un consorcio, los presidentes de las uniones vecinales barriales, los representantes de los sindicatos, etc. : ¿de dónde emana el poder que ejercen los grandes monopolios de la comunicación y la información?. Cuestión indiscutible a estas alturas es señalar el enorme poder que otorga la selección de la agenda cotidiana de los temas “a tratar” que imponen los monopolios y oligopolios mediáticos. Tampoco es objeto de debate a estas alturas ni hace falta la demostración fáctica de lo antedicho, a todas luces insoslayable.
Imaginemos un escenario ficticio en donde una mujer cae debajo de las ruedas de un colectivo el que le atraviesa la sien, dejando las vísceras al descubierto de la damnificada, quién fallece al instante. Esta pobre mujer no ha respetado las señales viales, mientras el colectivo se dirigía a velocidad permitida, aunque no logró esquivarla. En ese momento, decenas de transeúntes van acercándose hasta donde las fuerzas de seguridad y asistencia se lo permiten. En este escenario, un hombre comienza a agitar sus brazos y se arroga el derecho de hablar ante los demás. Comienza haciendo un discurso con un megáfono diciendo que hay que comprar sandalias en la zapatería de Jorge, su primo. Luego comienza a hacer una arenga en contra de la velocidad de los colectivos que transitan por esa arteria, sin el menor conocimiento del tema. Apela a los gritos a la indiferencia de la policía en cuestiones relacionadas con la seguridad vial. Luego se aleja, comentando que estos casos son muy frecuentes en el barrio (no aclara la cantidad ni ocurrencia de otros hechos similares) , en medio de la mirada atónita y desprevenida de los cientos de personas atraídos más por los gritos que por el tumulto. El hombre del megáfono, se alejó sin proponer nada (menos mal que no lo hizo), sin ayudar al damnificado, sin comentar cuales habían sido los sucesos similares ni porqué eran similares. El hombre del megáfono, nos “informó” de lo que había acontecido, cuestión fundamental para no tener que preguntarle al de al lado y “tener que entablar una conversación” para poder saber de qué se trataba el tumulto. Muy pronto, los presentes comienzan a preguntarse algunas cosas: ¿El hombre se arrogó el derecho de hablar solo por ser propietario del megáfono?. ¿Quién le otorgó el derecho de hablar por todos?.Quién le dio legitimidad? Y como no se puede no escuchar a alguien con un megáfono, la multitud lo echó del lugar, por tergiversar los hechos desgraciados, por aprovecharse de la situación y vender sandalias, porque no propuso nada y además generó mayor aglomeración de gente de lo común en un hecho desgraciado y que lamentablemente fue provocado por una elección individual equivocada y fatal, de acuerdo a lo que relatan los testigos del hecho ficticio.