Fue una semana en la que el casi inexistente debate político-electoral quedó desplazado por otro cuyo profundo contenido político, ideológico y ético circuló, en la mayoría de los casos, por debajo de la discusión sobre el sentido y los alcances de una práctica social: la del periodista.
El cronista, con treinta años en el oficio, no recuerda otra primera semana de junio en la que se haya meneado tanto el tema. Las opiniones más difundidas, claro, fueron las que tuvieron espacio en las páginas y las pantallas de los medios (cada vez menos) hegemónicos. Desde allí, los más conspicuos representantes del “periodismo independiente” se despacharon a gusto para, por un lado, justificar en espejo (justificarse unos a otros, entre colegas para reforzar su propia autoridad) su función de amanuenses del establishment y, por el otro, para insistir en el planteo de una contradicción inexistente: la que supuestamente contrapone al “periodismo militante” con el “periodismo independiente” que declaman practicar. El primero como degradación tendenciosa de un noble oficio; el segundo, como su expresión más sublime y valiente.
Tal vez sea necesario decirlo una vez más: no hay periodistas militantes; en todo caso, hay militantes que ejercen el periodismo. De la misma manera, no existen los periodistas independientes: todos y cada uno trabajan(trabajamos) en y para medios que –como empresas periodísticas o como herramientas de determinados intereses económicos y políticos– definen una línea editorial; otros son empresarios de sí mismos y, como tales, defienden sus intereses o los de quienes sostienen, publicidad mediante, a sus empresas personales.
Todos –los señalados como “militantes” y los autoproclamados como “independientes”– son (somos), en cambio, periodistas comprometidos. Comprometidos con diferentes intereses. La diferencia de fondo radica en otro lugar: el de la enunciación o no de esos intereses.
El autodenominado “periodismo independiente” jamás lo enuncia o, peor aún, disfraza su discurso de información pura y dura, y sostiene que los únicos compromisos que tiene son con la verdad y con el lector.
En realidad, se trata de una maniobra de ocultamiento. Desde esa ética falaz, entonces, el “periodismo independiente” se hace opositor para defender la verdad frente a la prepotencia del poder. Y, en su discurso de estos tiempos, identifica al Gobierno con el poder. No dice, en cambio –jamás lo blanqueará–, que responde a otro poder u otros poderes mucho más prolongados y persistentes que cualquier gobierno: el de los grupos económicos más concentrados de la Argentina. El Poder para el que siempre ha trabajado y al que ha defendido siempre. Ese poder, del que son parte los dueños de los medios (cada vez menos) hegemónicos, y a cuyo servicio –pero sin confesar nunca que lo hacían en su nombre– han promovido y sostenido periodísticamente los proyectos económicos más nefastos y las dictaduras más sangrientas.
En defensa de ese Poder esta semana –la semana del periodista– no han vacilado en utilizar declaraciones de Estela de Carlotto para atacar a Hebe de Bonafini y, a través de ella, al Gobierno. Así, la presidenta de Abuelas volvió a las tapas de Clarín y La Nación. Las mismas tapas que desde hace años la ignoran cuando reclama que devuelvan a los nietos. También sacaron de contexto los dichos de Taty Almeida, una Madre de Plaza de Mayo a la que tienen la costumbre de ignorar olímpicamente.
Basta repasar los archivos para comprobar que los medios y los periodistas “independientes” que hoy manipulan impunemente a Madres y Abuelas para tirarle por elevación al Gobierno son los mismos que silenciaron la existencia de 30.000 desaparecidos –entre ellos no pocos periodistas que trabajaban en esos medios–, montaron operaciones de inteligencia para favorecer el plan sistemático de represión ilegal y fueron propagandistas del vaciamiento del Estado y la destrucción de la economía perpetrados por el menemato y sus secuelas. También aplaudieron los indultos. Realmente vale la pena revisar los archivos: los medios y los nombres son, casi todos, los mismos: los “independientes”.
Hoy lo hacen porque se resisten a devolver los beneficios obtenidos ilegalmente a cambio de sus servicios al Poder, ya se trate de la empresa apropiada que les permite tener el monopolio de la producción del papel de diario –una dictadura que aplasta la libertad de informar y de opinar–, o de la identidad de dos hijos de desaparecidos, también apropiados irregularmente, que fueron y son utilizados para consolidar la propiedad y el manejo de una empresa.
Con todo eso está comprometido –y no lo dice– el autoproclamado “periodismo independiente”.
Como contrapartida, hay otra manera de practicar el periodismo. El de los medios y los periodistas que no ocultan su compromiso, que enuncian –que no ocultan– desde dónde y para qué escriben; que no se disfrazan de “independientes”.
Miradas al Sur es uno de esos medios comprometidos. Y desde el primer número, hace ya tres años, sus lectores saben en qué consiste ese compromiso.