Le pido al lector que deje por un instante de lado que el nuevo papa es argentino, de Flores o de San Lorenzo. Dejemos de lado su ascendencia italiana, y sus costumbres mundanas. Le pido también, si me tiene paciencia, que no se olvide que tuvo una participación turbia durante los años de la dictadura cívico-militar más sangrienta de la que se tenga memoria. No dejemos de lado tampoco la aparición de genocidas con una escarapela papal. Que haya apoyado la ley de medios y desalentado a la ley de matrimonio igualitario en su propio país. Hagamos de cuenta solo que nos da lo mismo que haya nacido en Lima, Potosí, Porto Alegre o Santiago de Chile. Dejemos de lado por un momento si va a ser un papa fiel a la tradición jesuítica o si mantendrá el status quo a rajatabla. Si va a ser recordado, olvidado, vilipendiado o aplaudido, o si va a fomentar la expansión de la cultura cristiana – romana en todo el mundo occidental y más allá.  Dejemos de lado la ortodoxia o heterodoxia, es decir, su desempeño próximo.

Le pido que analicemos juntos: hace más de 2000 años que es impensable la elección de un papa sudamericano. Sudamérica, en tanto  territorio posible para la elección de un papa es un fenómeno relativamente reciente. Nadie sabe lo que ocurre al interior del cónclave. Sin embargo ,casi seguro, nunca hubo de faltar algún cardenal que cuestione la nacionalidad del Sumo Pontífice, como una condición importante a la hora de la selección. Un papa no europeo es una innovación de por sí.  Situémonos desde 1492 en adelante:  Un papa de “un territorio inexplorado”, de una “colonia”, de un país “Emergente”, del “tercer mundo”, de un país  “en vías de desarrollo”, de una región “dependiente” o de una nación “cosmopolita”, parecería ser a priori (desde los ojos eurocéntricos del vaticano o desde los propios prejuicios) una mancha, mucho más que una virtud en el currículum del vicario de Cristo.

Es entonces cuando surge la necesaria reflexión de ubicar a Sudamérica como territorio capaz de reunir las condiciones necesarias. Los interrogantes son muchos, pero voy a desenvainar solo algunos:
¿Está Latinoamérica mucho más situada en los ojos del mundo de lo que nosotros mismos solemos admitir o será de alguna manera una consecuencia de la globalización, en dónde las elites ya no tienen necesariamente una nación de pertenencia? ¿Cuál es la señal del vaticano, si es que quiere dar alguna? ¿Será una señal de apertura?

Ahora recordemos todo lo que al principio en el primer párrafo le pedimos al lector que deje de lado. Es entonces cuando surge el interrogante mayor: ¿Serán todas esas características en algún sentido positivas para Latinoamérica?

 Las primeras palabras de Francisco hicieron referencia al fin del mundo, como geografía posible y esa es la única certeza por el momento: que la Iglesia como institución eligió un papa latinoamericano para evangelizar a sus fieles desde el lugar más encumbrado al que se puede llegar.